sábado, 2 de mayo de 2009

Una modelo llamada Camila

Ella se esconde en la envoltura de la tela blanca y esponjosa de una toalla fría. Hasta antes de abrigar su cuerpo fría. Te llamaré Camila.

Un día caminabas en penumbras en la misma habitación que yo recorría, te encontré. También tú.

Acariciando tus contornos la luz se queda en las caderas insinuadas, como si tuviera miedo de caer al barranco se apega a tu superficie, rasguña cada centímetro que rodea tus poros, entibia cualquier gota de frío que se quedó atrás, extraviada; también tu abdomen plano ilumina y en el centro de él guiña un lunar que nació con tu primer día. Y siempre la luz insolente como mi deseo de grabar tus angostos hombros, y me hago cómplice de la luz y te recorro junto a ella sin que lo sepas. Disfrutan al mirarte, Camila desnuda, mis ojos.

Y te toco verdadera, ardes y estás humedeciendo, eres cierto. Juegas y te sigo con la mirada. No tengo la cercanía suficiente para las zonas donde no llega la luz pero si la imaginación. Ella te alcanza. No distingo si tu juego es mío o de la luz. De la luz insolente. Pero no importa, juegas.

En la habitación nuestra por algunas horas, tu desfile se queda hasta que los días desgastan la nitidez de las imágenes. El óleo querría acariciarte en la tela, pero te escribo y el matiz que sugiere el color no lo tengo. ¿Qué será de ti, Camila, después?
Intrusos testigos son los espejos, en silencio absorben cada desnuda imagen de tantas Camilas, quieren quedarse contigo, atrapada para siempre invisible para otros ojos que no sean los míos. Para otros espejos.

Eres modelo traviesa que provoca mi fotografía. Mi máquina está eufórica, y yo también. Dispara sin control y el clic desafía tu atrevimiento. Dispara sin mis órdenes. Intentas arrancar de cualquier enfoque sin lograrlo, solo tu sonrisa escapa. Ahora el que juega soy yo y me hago cargo. Se agita el diafragma, todo se agita. Puedo sentir latidos en tus labios cada vez más latidos. Aumenta la entrada de luz, miles de minúsculas partículas invaden la habitación y se disputan iluminarte, algunas quedan aplastadas en el camino, otras te poseen. Ya no tengo película y no te aviso. El clic se repite como quejido de mordedura fatal, víboras retorcidas de veneno esperan gatillar. No sé quien es el propietario del clic repetido. Se confunde y no distingo la euforia de la máquina de mi propia euforia. ¿ Por qué no te sueltas el pelo? Quiero la mitad de tu rostro, quiero la mitad de todo. Porque sí. Cientos de largas películas, cuadro a cuadro, caen sobre nosotros. Camila ha revelado mi secreto, ya sabe que no hay rollo en mi cámara, pero se queja cada vez que disparo. Le gusta el clic. En un gesto de prisa apaga la luz. El cuarto oscuro es su refugio, pero mi cámara no se detiene, cada flash la busca, en cada rincón encuentra un poco de ti.

De pronto, no se escucha más que una agitada respiración, sí sólo una, porque contengo la mía para sentir que disminuye lentamente su ritmo, hasta desaparecer en el sueño, después de esta intensa sesión.